Érase una vez, hace mucho tiempo, un hombre delicado y cuidadoso que amaba a las rosas. Una mañana, salió a su jardín donde tenía unos cuantos rosales y tras horas y horas observandolas con ternura, se decidió a cortar la más bella. Se propuso llevarla todo el día consigo, perfumarla, darle calor... Cuando llegó el ocaso, notó que la rosa no estaba tan bella como de costumbre. No entendía por qué, puesto que la había tratado con todo su amor, pero cierto era que derramaba tristeza en cada pétalo.
Pasó toda la noche en vela, mirándola, acariciándola, amándola; pero cuando entró la mañana la rosa cerró sus pétalos.
La tristeza habitaba en el corazón de este hombre.
Al cabo de unos días, con resignación, se encontraba de nuevo frente al rosal, admirando con ternura las rosas, y volvió a cortar una de las más bellas. Sorprendentemente la historia volvía a repetirse, una y otra vez.... Cada día el hombre cortaba una rosa, la cuidaba, la amaba, pero no era tardío que cerrara sus pétalos.
Pasó toda la noche en vela, mirándola, acariciándola, amándola; pero cuando entró la mañana la rosa cerró sus pétalos.
La tristeza habitaba en el corazón de este hombre.
Al cabo de unos días, con resignación, se encontraba de nuevo frente al rosal, admirando con ternura las rosas, y volvió a cortar una de las más bellas. Sorprendentemente la historia volvía a repetirse, una y otra vez.... Cada día el hombre cortaba una rosa, la cuidaba, la amaba, pero no era tardío que cerrara sus pétalos.
Después de muchas noches de reflexión, el mismo comprendió que la rosa era bella en su medio, que aunque la amase debía dejarla libre. No podía cortarla, pues por mucho que le diese amor y cuidados, no le daba vitalidad, no podía ofrecerle rayos de sol, ni podía ayudarla a florecer.
A partir de esto, el hombre, cada día al despertar, regaba sus rosales mientras canturreaba canciones. Pasaba horas y horas y horas frente a ellas, amándolas desde su corazón, pero jamás se atrevió a cortar alguna otra pues sabía que estaba dando vida a lo que más amaba.
A partir de esto, el hombre, cada día al despertar, regaba sus rosales mientras canturreaba canciones. Pasaba horas y horas y horas frente a ellas, amándolas desde su corazón, pero jamás se atrevió a cortar alguna otra pues sabía que estaba dando vida a lo que más amaba.
Belén=)
Es precioso... me encanta :*
ResponderEliminar